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Las flores del trauma: cargando con la vergüenza de ser quienes somos

Las flores del trauma:
cargando con la vergüenza de ser quienes somos

Por: Nicolás Ventosa
Psicólogo - UBA - Especializado en Gestión de Salud Pública y Salud Mental



    En mi artículo previo plantee lo común de las situaciones traumáticas en la vida temprana de las personas LGBTQ+ e hice una pregunta clave para entender cómo sigue esto:


    ¿Cómo podemos ser seres capaces de recibir y dar amor, o vincularse sanamente, si fundamentalmente creemos que no somos dignos de ello?






    Parte 1


       Verguenza de si mismo


    Hay un punto clave en nuestro crecimiento como personas LGBTQ+ en que, desafortunadamente, empezamos a entender a que se refieren esos mensajes que nos bombardean desde afuera.


    Tarde o temprano nos vamos dando cuenta de que esos mensajes, que antes nos atravesaban el cuerpo sin poder darles sentido, se refieren a nosotros mismos. 


    Para poder ubicarnos en términos de edad, es el momento en el que, freudianamente hablando, estamos saliendo del Complejo de Edipo - entre los 6 y 8 años. Este momento es clave porque empezamos a construir los famosos “diques culturales”: el asco, la vergüenza, y el sentido de la moral y la estética. 


    Freud teoriza estos diques como la fuerza que va a permitir canalizar nuestras pulsiones, o energía sexual, para vivir y desarrollarnos en sociedad. 


    Como menciono en mi artículo anterior, sentir vergüenza o asco no es necesariamente malo, pero lo que nos pasa a muchos jóvenes disidentes en un contexto heteronormativo, es que cada vez que nuestra sexualidad pulsa para poder expresarse - ya sea jugando, vistiendonos, bailando, e incluso hablando -, terminamos reaccionando con esas mismas emociones. Es cuestión de un segundo - o menos.


    Lo que sucede es que terminamos introyectando esas emociones culturalmente condicionadas, y las usamos para empujar aquellos aspectos de nuestra identidad que son percibidos primero como no deseados por nuestro medio, y luego por nosotros mismos. En otras palabras, nos reprimimos para poder ajustarnos a lo que se espera de nosotros.


    El gran problema es que no hay esfera en nuestra vida en la que nuestra identidad no se juegue de alguna manera. Elijamos o no mostrar lo que somos, nuestra identidad puja por expresarse.


    El joven LGBTQ+ entiende esto muy tempranamente - diría demasiado temprano - y cuando se da cuenta de que su disidencia es la razón por la cual lo miran distinto, comienza una dolorosa revuelta interna para cambiarse a sí mismo.


    Defensa y ataque - intentando frenar al enemigo interno


    Lo que sigue ahora es una serie de cambios en lo que debería ser el desarrollo libre de una persona, por el estrés de tener que negociar su identidad diariamente. Además, vamos a ver que el estrés continuo tiene una relación directa con el desarrollo de la ansiedad.


    La capacidad de preocuparnos y percibir peligros externos son heredades desde nuestros ancestros prehistóricos, quienes estaban expuestos a condiciones climáticas duras o la existencia de distintos depredadores que podrían poner en peligro su integridad. Para sobrevivir aprehendieron tres tipos de respuesta: huir, luchar o el paralizarse. 


    Como hoy en dia los peligros son mucho menos reales, este mecanismo de respuesta se ha refinado evolutivamente para adaptarnos a las exigencias de la vida moderna, como el trabajo, el ajetreo diario, etc. Cuando percibimos un desafío externo, producimos una cantidad baja de estrés que nos ayuda a tomar decisiones y llevarlas a cabo de manera rápida.


    Ahora, cuando no logramos soportar las exigencias del ambiente externo, estos mecanismos de respuesta internos comienzan a desajustarse y comenzamos a sentir ansiedad, que es en realidad “miedo a algo”.


    Si esto se mantiene por un periodo prolongado de tiempo, es posible que se desarrolle lo que comúnmente llamamos trastorno mental. Leamos una de las definiciones (2006) que encontramos en la página de la Organización Mundial de la Salud:


    “Un trastorno mental o del comportamiento se caracteriza por una perturbación de la actividad intelectual, el estado de ánimo o el comportamiento que no se ajusta a las creencias y las normas culturales”.


    Si bien esta definición ya está a desactualizada, ofrece una clara idea de lo que sucede cuando nuestra identidad no se ajusta a la esperado.


    Cuando experimentamos discriminación, estigma social o cualquier tipo de violencia, directa o indirectamente, comenzamos a percibir a nuestra propia subjetividad como un peligro del cual hay que huir, contra el que hay que luchar, o del cual hay que disociarse para no sentir dolor. 


    El gran problema con la ansiedad es que podemos huir, luchar o disociarnos ante un peligro que es externo; pero cuando el peligro somos nosotros mismos, como escapar?.


    Para las personas LGBTQ+ en general, aquel estrés que debería ayudarnos a prepararnos y responder a las exigencias del ambiente externo, se empieza a desajustar cuando sentimos que nuestra propia identidad puede ponernos en peligro.


    Entiéndase peligro como no ser aceptado por nuestras familias, que nuestros amigos nos abandonen, ser el objeto de burla o comentarios en el trabajo, o como dice Maya Goded, ser mirados con “la mirada que duele”.


    Esto es lo que actualmente se conoce como Estrés de las Minorías, que intenta explicar cómo estas situaciones afectan negativamente la salud mental de aquellas personas que forman parte de distintas minorías, sobre todo sexuales y de orientación de género.


    Es acá donde comenzamos a pasar la línea de la ansiedad adaptativa (saludable)  a la ansiedad desadaptativa (tóxica). 


    Aquel miedo al peligro externo es ahora el miedo a la propia sexualidad o identidad.




Nicolás Ventosa

Psicólogo - UBA

Especializado en Gestión de Salud Pública y Salud Mental




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